El desmoronamiento de una alcantarilla en Lehmann ha cortado una de las arterias más productivas del país, dejando a la región rehén de desvíos precarios y una burocracia centralista que no da respuestas.

La parálisis de la Ruta Nacional 34 es el retrato más fiel de una gestión que parece haber olvidado el mapa de la provincia de Santa Fe. El colapso de una alcantarilla a la altura del kilómetro 238, en jurisdicción de Lehmann, no es un accidente de la naturaleza, sino la consecuencia lógica de años de desinversión y una falta de mantenimiento preventivo que hoy asfixia al corazón productivo de la región.

Mientras los camiones se amontonan en desvíos improvisados por rutas provinciales que no están preparadas para semejante caudal, el silencio de los organismos nacionales se vuelve atronador.

Lo ocurrido en estos últimos días en la «Ruta del Mercosur» ha superado el límite de la paciencia de los vecinos y presidentes comunales. El corte total de la traza, que ya lleva casi una semana, ha obligado a miles de vehículos a realizar rodeos de decenas de kilómetros por caminos secundarios, aumentando el riesgo de siniestros viales y desgastando una infraestructura provincial que hoy debe suplir, con recursos propios, la inoperancia ajena.

Es el mundo del revés: una provincia que aporta miles de millones en impuestos ve cómo sus arterias vitales se desmoronan por falta de una limpieza de desagües o una reparación estructural a tiempo.

Resulta verdaderamente curioso —por no decir indignante— repasar los partes oficiales y las crónicas periodísticas de estos días de crisis. Se detallan con precisión los operativos de seguridad, los testimonios de conductores varados y las gestiones de los jefes comunales que, desesperados, golpean puertas sin que nadie atienda.

Sin embargo, en ninguna parte aparece la figura del administrador regional de Vialidad Nacional.

En un contexto donde la presencia en el territorio debería ser la prioridad para coordinar una solución urgente, el máximo responsable del organismo en Santa Fe parece ser un fantasma burocrático que prefiere la comodidad del despacho antes que el barro de la banquina.

Esta ausencia de liderazgo y de presencia física en el lugar del conflicto es el síntoma más claro de la desidia. No hay funcionarios nacionales recorriendo el tramo afectado, ni un plan de contingencia serio que no dependa exclusivamente de la buena voluntad de la Provincia, que finalmente tuvo que aportar los materiales para que las máquinas empezaran a moverse este lunes.

La infraestructura no puede esperar a que el centralismo porteño decida que Santa Fe es una prioridad; el país se mueve por estas rutas y cada día de corte es una herida abierta en la economía y la seguridad de todos los santafesinos.

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