El transportista santafesino que señaliza los baches con pintura amarilla, subiendo la apuesta de su protesta, comenzó a rotular los pozos con el nombre del Jefe del Distrito Santa Fe de Vialidad Nacional. La iniciativa busca romper el blindaje mediático de los funcionarios técnicos ante el colapso total de la infraestructura vial.

La degradación de la Ruta Nacional 11 ha alcanzado un punto de no retorno donde la resignación de los usuarios se ha transformado en una forma de activismo directo que ya no solo señala el peligro, sino que identifica a sus responsables con nombre y apellido, Gastón Bruno.

El transportista y referente de la cuenta «Ruta 11 en Emergencia», Pablo Bonalume, ha decidido profundizar su metodología de denuncia ante la falta de respuestas de las autoridades nacionales y provinciales. Lo que comenzó como una tarea de autodefensa civil —pintar de amarillo fluorescente los cráteres para evitar accidentes fatales— ha evolucionado hacia un «paseo de la fama» de la desidia gubernamental. Si bien en un principio las marcas apuntaban a figuras de alto perfil mediático como Javier Milei, Luis Caputo o exmandatarios, la novedad reside ahora en la exposición de las jerarquías operativas que suelen gestionar bajo el radar del conocimiento público. El bautismo de uno de los pozos más peligrosos con el nombre de Gastón Bruno, Jefe del 7° Distrito de Vialidad Nacional, marca un quiebre en la narrativa de la crisis: la inacción ya no es una abstracción política, sino una responsabilidad con oficina y cargo específico en la capital santafesina.

Este señalamiento directo responde a un hartazgo que se alimenta de la desconexión entre los despachos oficiales y la realidad de una traza que «mantiene al país» a través del transporte de granos, pero que no recibe el retorno básico en mantenimiento. Al inscribir el nombre de Bruno en el asfalto detonado, el activismo ciudadano logra resquebrajar la protección de la que gozan ciertos estamentos del Estado, exponiendo a funcionarios que, a pesar de las gestiones de intendentes y legisladores, no han logrado reactivar las obras de bacheo profundo o repavimentación necesarias. La lógica del influencer es clara: si el nombre de un funcionario no aparece en las crónicas de los problemas, no hay presión social que lo obligue a gestionar. Esta personalización del bache busca que el usuario de la ruta, aquel que rompe un neumático o pone en riesgo su vida al esquivar una trampa de asfalto, sepa exactamente quién es el encargado de administrar el presupuesto y ejecutar las soluciones que no llegan.

La viralización de estas acciones ha puesto a la administración de Vialidad Nacional en una posición incómoda, donde el silencio técnico ya no alcanza para contener el ruido de la pintura amarilla. Mientras desde el sector privado y las cámaras de construcción se habla de deudas millonarias y parálisis estatal, en el territorio la protesta se vuelve pedagógica y punzante. Al ponerle rostro y nombre a la desidia, el transportista santafesino ha logrado que figuras hasta hace poco desconocidas para el gran público comiencen a ser parte de la conversación diaria sobre el estado de las rutas. La inacción gubernamental, amparada a veces por una agenda mediática centrada en las grandes cifras macroeconómicas, encuentra en estos «pozos con nombre propio» un límite infranqueable. En el «Paseo de la Fama» de la Ruta 11, la fama ya no es un privilegio de la política nacional, sino el castigo público para quienes, desde sus cargos regionales, asisten en silencio al desmoronamiento del corredor productivo más importante de la provincia.

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