Sturzenegger anuncia la desaparición de las cabinas como si el progreso tuviera dueño único. En sus redes, el ministro habla de normalidad y bienestar ciudadano, pero omite un detalle esencial: el tiempo que ahorrarán los automovilistas no se transformará en descanso para nadie, solo en plusvalía para las concesionarias.La eficiencia, en este caso, es un eufemismo contable que esconde la transferencia directa de costos laborales a ganancias empresariales. Los operadores de peaje desaparecen del balance como partida a eliminar. No hay cálculo oficial que muestre cuánto valía su trabajo, pero sí hay proyecciones optimistas sobre el flujo de caja de las concesionarias. El ahorro en salarios no se devuelve al usuario mediante tarifas más bajas: se acumula en el lado de la rentabilidad privada. La modernización, así presentada, resulta ser un mecanismo de concentración de riqueza disfrazado de mejora técnica. Quien antes cobraba el peaje, hoy figura como redundancia en un spreadsheet de costos operativos. El gobierno de Milei ha convertido la precariedad laboral en política de Estado. Cada cabina desmantelada es una demostración práctica de que eficiencia y desempleo son, para esta administración, sinónimos naturales. No se trata de una transición tecnológica asistida, sino de una purga encubierta bajo lenguaje de startups. El trabajador que queda en la calle no aparece en los tuits de celebración, como si su desaparición fuera el precio inevitable de un futuro que, curiosamente, siempre beneficia a los mismos. La historia argentina registra estas operaciones con crudeza. En los noventa, las privatizaciones prometían eficiencia y entregaron desguace. Hoy, la desregulación de Sturzenegger repite el guion con mejor maquillaje digital. Las concesionarias de autopistas no asumen riesgos: el Estado garantiza sus ingresos mediante multas automáticas de casi 120 mil pesos para quienes circulen sin Telepase. Hermoso ver esto. Argentina empieza a normalizarse. A pensar en el bienestar del ciudadano y no en el de la casta. Y el beneficio no solo es tiempo sino costos.Teníamos peajes que no se pagaban a sí mismos! Háblame de ineficiencias. Empezamos esta gesta hace dos años con la… https://t.co/QyBO3uzMUL— Fede Sturzenegger (@fedesturze) February 1, 2026 El sistema protege al capital y disciplina al usuario, mientras elimina al intermediario humano que antes amortiguaba la relación entre el dinero y la ruta. El colectivismo que caracterizó históricamente al sector vial se resiente ante esta lógica. Los sindicatos de base denuncian que no hay reconversión posible porque no hay intención de reconversión. La tecnología se impone como destitución absoluta, no como herramienta de mejora laboral. El trabajador que operaba una barrera no será reciclado como técnico en pórticos electrónicos: será absorbido por la informalidad que el propio gobierno identifica como destino inevitable. La normalidad que celebra el ministro es, en rigor, la consolidación de un modelo donde el costo humano no computa. Las autopistas fluirán sin interrupciones, los balances de las concesionarias mostrarán resultados positivos, y el discurso oficial seguirá confundiendo el progreso material de unos pocos con el bienestar colectivo. Mientras tanto, los operadores despedidos deberán competir por trabajos precarios en una economía que el propio Estado puso en estado crítico. La eficiencia, al final, siempre fue una palabra que ocultaba quién paga para que otros ganen. Navegación de entradas En Río Negro hay Rutas que matan Estrellas Amarillas denuncia «situación crítica» en las rutas